me vi muerto (muerto en vida quizá esté),
y abrí los ojos treinta y dos veces,
y no desperté,
hasta que al trigésimo tercer intento,
tuve la edad del hombre de la cruz,
y me dijeron los ancianos que resucitaría.
Y al parecer sí: resucité.
Entre feriados y huevos de chocolate,
cervezas baratas y bombillas del mate,
resucité; sin carne entre los dientes,
volví para cristianos, de pecho y la piedra,
pero... ¿cuándo me librarán de todo mal?
Al despertar de mi sueño,
vi mis alas rotas,
más bocas con hambre que ostias,
y me pregunté: ¿realmente he vivido aquí mi vida?
Al preguntármelo, volví a nacer,
sin milagros, sin cruces, y sin gloria,
sin voluntad en el cielo o en la tierra,
con más prójimos que manos tendidas,
sin más paga que una sonrisa amable,
o un abrazo suyo...
¿Realmente he muerto?
¿Realmente nací?
Si aun no he nacido,
ojalá nazca y sepa hablar
Para así no perder tantos años de mi vida,
creyendo realidades fingidas,
y perdiéndome el elixir de tu inmortalidad...


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