Nuestro primer beso en un verano sofocante,
Del inocente juego que nos transformó en un instante,
En eternos cómplices de la habitación con ventanas cerradas.
Esperando regresar al origen de mi rutina,
Recordé sonriendo aquella caricia tibia,
Aquella que nos transformó en fuego eterno de una tarde,
En rayito del alba que nuestras almas comparten.
Recordé nuestras manos lúdicas que se abrazaban sin temores,
Al son de nuestros pasos en la ciudad de lo desconocido,
Jugando a ser amantes; entonando la canción de lo prohibido,
Esperando retornar al sendero de tus mil sabores...
Oleo de nuestro encuentro...


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